Comunicarse

Mi madre, que lleva ochenta y tres años viviendo al margen de la tecnología, me preguntó en una ocasión qué miraba en el móvil. «Ven, que te lo explico», le dije, y se sentó a mi lado. Cualquiera diría que yo, que ni siquiera tengo iPhone, acabara de asistir a una conferencia de Steve Jobs. Señalé aplicación por aplicación: «Si le doy ahí con el dedo compruebo si me han cobrado el recibo de la luz; si quiero leer un libro pulso aquí; si toco allá puedo enviarle a alguien un mensaje». Ella observaba, escéptica.

¿No es increíble cómo ha evolucionado nuestra manera de comunicarnos en menos de un siglo? Mi padre me contó que en los años 50 un hombre iba puerta por puerta llamando a voces a los trabajadores, en plena madrugada. Ese era su despertador, porque no solo no disponían de teléfono, tampoco había relojes. De noche se orientaban por las estrellas y de día por la posición del sol. Relata mi madre que cuando el sol bajaba del escalón era la hora de poner la cazuela en el chupa humo.

Pero no hace falta irse tan lejos para visualizar escenas que ahora se nos antojan de telecomedia. Vayamos a los 80. Quedabas con una amiga y no se presentaba. Le concedías una tregua de quince minutos o media hora, y luego buscabas una cabina o te largabas sin saber qué había ocurrido, dependiendo de tu paciencia o interés. ¿Y cuando te llamaba el novio? Intimidad cero. El teléfono solía estar en el mueble del comedor, y hablabas con él en un susurro casi inaudible de espaldas a tus padres, que fingían ver la tele, sentados en el sofá, con la oreja puesta en tu conversación privada.

MAR MONTILLA

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