Retahílas l La decisión de Noelia

Noelia, una joven parapléjica de veinticinco años, solicitó la eutanasia en plenas facultades. Anhelaba morir, y tras una larga y angustiosa pelea judicial contra su propio padre, se le concedió su voluntad.

Como madre trato de imaginar qué hubiera hecho yo si Noelia fuese mi hija y creo que hubiese removido cielo y tierra para proporcionarle el soporte médico, psicológico y psiquiátrico que precisaba, y convencerla de que la vida merece la pena. Hubiese hecho lo imposible por demostrarle que hay luz más allá de la oscuridad, por ayudarla a encontrar el camino de vuelta. Aun así, y con todo el dolor de mi corazón, la hubiese respaldado hasta el final, aunque ese final no fuese de mi agrado.

La eutanasia de Noelia cumplía los aspectos legales, pero lo que a mí me interesa es el lado humano. ¿Qué había detrás de su irrevocable determinación de morir? Padecía TLP (trastorno límite de la personalidad) y TOC (trastorno obsesivo compulsivo). Y fue víctima de agresión sexual en tres ocasiones, lo que la impulsó a tirarse de un quinto piso, eso le provocó múltiples daños físicos irreversibles.

Arrastraba traumas de la infancia. La fatídica relación con un padre alcohólico y ludópata que jamás le dio el amor incondicional que toda criatura necesita para reafirmarse en el mundo. Su sufrimiento —de cuerpo y alma— era continuo. No veía más escapatoria que la muerte asistida y su sueño se ha cumplido.

Tu historia me entristece, Noelia. Sin embargo, comprendo tus razones y no seré yo quien te juzgue. Confío en que hayas alcanzado la paz que ansiabas.

Mar Montilla

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