Los medios de comunicación llevan meses dándole vueltas al asunto de Ceuta y la crisis migratoria —humanitaria, diría yo—. Los políticos hacen lo de siempre: pasarse la pelota unos a otros sin aportar soluciones. La extrema derecha suelta lindezas del tipo «hay que cazar a los migrantes», lo que provoca que el discurso racista campe a sus anchas y la gente de a pie lo viva como una invasión, una amenaza.
Se habla de límites. Se habla de fronteras. Hay que proteger el territorio con todo un despliegue militar. ¿Acaso estamos en guerra?
A mí me preocupan más las fronteras mentales que las geopolíticas.
¿Dónde queda la compasión? Son personas las que duermen al raso. ¿Qué desalmado impide el paso de alimentos y ayuda sanitaria? ¿Qué monstruo quema las escasas pertenencias de quien escapó de la miseria en busca de un futuro? No puedo ni imaginar qué historias dejaron atrás para preferir esta precariedad.
Se hace referencia a los migrantes en masculino, cuando lo cierto es que numerosas mujeres —solas o con hijos pequeños— han cruzado la frontera. Sus realidades son muy distintas a las de los hombres. Muchas huyen de matrimonios forzados o violencia machista. ¿Y qué encuentran aquí? Más violencia.
Se han denunciado una veintena de violaciones, pero ¿cuántas habrá que guardan silencio por miedo a ser deportadas? Me inquietan en especial las niñas, carne de cañón para las mafias de explotación sexual y trata.
Son las propias ceutíes —no las autoridades, ni el Estado— las que extienden una red protectora de sororidad para paliar el desamparo de estas criaturas.
















