Acuño el término con el que Youssef El Maimouni se refiere a las mujeres trans en su magnífica novela Nadie salva a las rosas, aunque no alivie mi dolor.
Mi hija se fue de Erasmus a Turquía. Estudia agroecología y su misión básica en aquella pintoresca aldea del Mediterráneo consistía en ordeñar vacas y elaborar quesos. Una aventura con la que soñaba impaciente, tras recibir la beca.
Primero visitó mezquitas, se empapó de la cultura y belleza de aquel país, se deleitó escuchando la voz del muecín que llama a la oración y se maravilló con la hospitalidad de los turcos, que la hicieron sentir como en casa.
Le extrañó ser la única estudiante destinada a esa granja, pero su jefe era amable, y ella desempeñaba sus tareas confiada, feliz. Ha viajado muchísimo y ha tratado con todo tipo de personas. Vamos, que no le falta calle.
Una noche, el lobo se despojó de su piel de cordero y se coló en la habitación de la rosa. No llamó a la puerta, ni pidió permiso. Hubo un forcejeo y la bestia, que era más fuerte, venció a la bella. Muerta de miedo, se escapó a la mañana siguiente.
La violencia institucional que sufrió después, de comisaría en comisaría, acompañada por dos funcionarias del consulado español, fue casi peor que la propia agresión. En los juzgados de Estambul parecían más interesados en averiguar qué tiene ella entre las piernas que en condenar al violador.
Nadie salva a las rosas. Se las considera objetos sexuales, fetiches, motivo de escarnio. Mi niña ahora está a salvo, y sin embargo furiosa, decepcionada, indignada. Con su corazón tan hecho trizas como el mío.
Mar Montilla
















