El profesor republicano

El exdirector Pablo Caballero en una fotografia actual y otra de los años 80.

Entrevista con el antiguo director de la escuela Seat, Pablo Caballero

Jesús Martínez

Hace trillones y trillones de años, en la era de la EGB y cuando el 25 aniversario del instituto de secundaria Montjuïc (2000), este reportero publicó el articulito «El arte de educar», en el que equiparaba al antiguo director del colegio Seat, Pablo Caballero (Zarza-Capilla, Badajoz, 1949), con un maestro de la Segunda República española.

No iba mal encaminado: la barba del dirigente socialista Pablo Iglesias, recortada y redondeada; los ojos incandescentes del diputado Rodolfo Llopis y las voluminosas cejas del jardinero Cecilio Rodríguez, que dejó bonito el parque madrileño de El Retiro.

En septiembre de 1981, Pablo Caballero asumió la dirección del colegio público Seat (Passatge d’Antonio Ruiz Villalba, 6), y no claudicó hasta que le vino la jubilación, en el 2008, a cuya fiesta de despedida también fue invitado este reportero, que también le hizo una semblanza de barba, ojos y cejas tricolores.

«Cuando llegué a Seat, el edificio estaba hecho un desastre, las paredes se caían, algunas partes tenían aluminosis», refiere, temperado, expresivo y con la cadencia suave de los historiadores que salían en el programa de Balbín, La Clave. «Los tres primeros días no abrí la boca, y luego dije lo que creía que se tenía que hacer. Así que me eligieron para el puesto de director. Y entonces pensé: “En los próximos meses he de pisar poco el aula, lucharé para conseguir mejoras”.»

Dicho y hecho.

Sentó a la misma mesa a los representantes del Ajuntament de Barcelona y de la Generalitat de Catalunya, por entonces enfrentados como en un Barça-Madrid. Adaptado, Maragall vs. Pujol.

En 1989, el alcalde Pasqual Maragall («cercano y contradictorio») ofreció que la escuela Seat estrenara el flamante Estadi Lluís Companys, acabadas ya las obras para acondicionarlo con vistas a los Juegos Olímpicos de 1992. Pero la iniciativa, que incluía actividades gimnásticas con los alumnos, no prosperó…

De bien nacidos…: «Nada se habría obtenido sin la inestimable colaboración del profesorado y el personal de la escuela, de los padres, del alumnado y de las administraciones».

«Tuve reuniones hasta la una de la madrugada. Pero valió la pena. En un primer momento, se acordó una inversión de unos sesenta millones de pesetas [unos trescientos sesenta mil euros], y más tarde se vería aumentado el presupuesto a quinientos millones de pesetas [unos tres millones de euros]», calcula, y exhibe los logros: se construyó el colegio de pequeños, se hizo un gimnasio nuevo, se valló el recinto («al principio, a la hora del patio, los chicos se iban a su casa y se tomaban allí el bocadillo»), etcétera.

La escuela Seat se inauguró en 1956 para los hijos de los trabajadores de la factoría automovilística. En los setenta se pensó en cerrarlo, pero finalmente pasó a manos públicas

 

Cuando el centro se transformó a tenor de las reclamaciones de maestros y familias un funcionario vaticinó: «Seat será lo que queráis que sea», hoy un centro educativo de referencia

En la Barcelona de los ochenta, todo estaba por hacer, y los amplios consensos permitían dibujar los sueños sobre papel.

Con el fin de compartir ideas y proyectos, cada mes quedaba con los directores de las escuelas próximas (Barkeno, en la calle Cisell; Enric Granados, en el paseo de la Zona Franca; Can Clos, en la Pedrera del Mussol…). El líder vecinal Elies Ortiz habría dicho: «Debatir los problemas comunes y proponer soluciones».

«Algunos barrios estaban muy abandonados, y con graves deficiencias de transporte: estaban conectados con el resto de la ciudad gracias a los autobuses 9, 109 y 38», replica, y habla con conocimiento de causa porque se pateó los contornos, con sus descampados, sus solares y sus obreros; incluso se planteó el cambio de nombre del colegio por este otro: Francesc Candel, con el consentimiento del afamado escritor de Els altres catalans.

Vecino de la calle Rocafort, Pablo Caballero se ha dado cuenta de las transformaciones en el paisaje de La Marina por las variaciones producidas en los niños: «Eran muy brutotes pero muy noblotes, y con el tiempo se fueron haciendo más pícaros».

Por eso, las alarmas de aviso de bomba llegaron a ser una constante.

«Una vez tuvimos un anónimo que decía: “Durante tres días puede explotar una bomba”, y claro, tuvimos que cerrar esos tres días. Pero al final siempre eran jugarretas de los chavales, y era fácil sacarles la verdad. Recuerdo que uno se intentó defender: “Oiga, que yo no he sido esta vez”, con lo que ya se confesaba él mismo», rememora.

Y con los padres aplicaba la siguiente norma: «Nunca decirles que no, sino argumentar para alcanzar un acuerdo. Y funcionaba».

Antes de pisar el colegio Seat, Pablo Caballero había pasado por el Sant Ramon de Penyafort, en Casas Baratas, y por el Roger de Flor y el Roger de Llúria, en el barrio de Sant Ildefons de Cornellà de Llobregat.

«En Seat se abrieron muchas plazas, con tramos nuevos, y yo opté a una de ellas. Aunque a mí lo que me habría gustado era ser físico.»

La escuela Seat se inauguró en 1956 para los hijos de los trabajadores de la factoría automovilística. En algún momento de los setenta, y a tenor de las diferentes crisis en una España que mudaba de piel, se pensó en cerrar el centro. Por eso se construyó la escuela Ramon Casas (Platí, 6), como alternativa. Finalmente, Seat no cerró y pasó a manos públicas. En los primeros meses, en el hall, la administración almacenó muebles y trastos viejos. Hasta que llegó Pablo, que lo puso todo patas arriba entre clase y clase (matemáticas, ciencias, gimnasia…). 

Un funcionario del Departament d’Educació le vaticinó: «Seat será lo que queráis que sea».

A Barcelona llegó este profesor en 1973. Se casó con la madrina de la boda de su hermano José, boda en la que Pablo Caballero ejercía de padrino.

Viene a cuento la frase suya, y vale tanto para lo uno como para lo otro: «En Seat, el profesorado testaba entre la veintena y la treintena. Y nos mantuvimos muchos años en la escuela, lo que hizo que cogiera auge».

Más o menos, lo que hizo el entrenador Vicente del Bosque con La Roja, que vio crecer a sus jugadores, a quienes unían los vínculos de la amistad, más duraderos que los vínculos profesionales.

En el 2008 nuestro Vicente del Bosque se jubiló.
Y tuvo que aprender a jugar al dominó.
Y a aburrirse.

 

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