RETAHÍLAS

Text: Mar Montilla

 

 

Siempre me he preguntado cómo nos las arreglaríamos las mujeres sin las mujeres. Y no lo digo pensando en el largo camino que nos queda por recorrer en cuanto a lucha feminista, sino en el vínculo especial que se crea entre nosotras, sin apenas darnos cuenta, y que nos une con lazos invisibles que van más allá de lo sanguíneo.

Sin ir más lejos, yo, que soy una lectora empedernida, la mayor parte del tiempo elijo libros escritos por mujeres. Espero que los hombres no me malinterpreten, pero estoy convencida de que nuestra psicología es más compleja, y eso nos lleva a profundizar en temas sobre los que tal vez ellos pasan más «de puntillas». Basándome en mi opinión y experiencia —ya sé que hay excepciones— me atrevería a afirmar que existe una especie de hermandad entre mujeres, sea cual sea su origen y cultura. Cuando leí Sueños en el umbral, de Fátima Mernissi, me sorprendió la similitud de algunas escenas descritas sobre mujeres bordando en un patio de Fez, mientras una de las presentes explicaba cuentos de Las mil y una noches, con las que mi propia madre me ha contado en más de una ocasión, recordando su adolescencia en un humilde pueblo andaluz, en las que un nutrido grupo de muchachas se reunía a tejer las sábanas y los manteles de su futuro ajuar, al tiempo que una de ellas les leía en voz alta alguna novela de amor. Creo que en el fondo, las mujeres siempre se las han arreglado para disponer si no de Una habitación propia  individual, como reivindicaba Virginia Woolf, sí al menos una compartida con otras mujeres dispuestas a alegrar sus vidas.

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