NOSTALGIA

Text: Mar Montilla

De vez en cuando añoro a la chiquilla regordeta y de mofletes encendidos que fui. Qué distinto era el mundo por aquel entonces, ¿verdad? —Bueno, no es que esté hablando del Jurásico, pero han pasado unos cuantos lustros—. Salías del colegio y la máxima distracción que podía entorpecer tu predisposición a hacer los deberes era el televisor. Los niños de esa época dedicaban su tiempo de ocio a corretear por las calles o a ver dibujos animados en uno de los dos únicos canales que la televisión pública ofrecía. Sin internet, ni ordenadores, ni móviles, ni tabletas. A mí no me entusiasmaba la tele  y tampoco era demasiado callejera, o sea que llegaba a casa, me tomaba mi Cola Cao —con leche calentita en invierno y fresquita en verano, con sus grumitos— y realizaba las tareas escolares sin que nadie tuviera que pedirme que lo hiciera. Si me quedaban horas libres las dedicaba a leer algún ejemplar de Los Cinco, de Enid Blyton; o Heidi, de Johanna Spyri. A mi amor por la lectura, pronto se sumó mi pasión por la escritura, lo que acentuó más aún, si cabe, mi naturaleza reservada y mi espíritu ermitaño. «¡Qué aplicada es esta niña!», decían los adultos —¿aplicada? ¡Era un muermo de niña!—. Hoy en día resulta casi inconcebible vivir de esa manera, y es cierto que la tecnología nos ha facilitado la vida en numerosos aspectos. Sin embargo ¿no echáis de menos algunas cosas de ese pasado no tan lejano? Vale, yo era un bicho raro, lo reconozco. Pero ¿soy la única que aborrece ver a criaturas de muy corta edad con móviles o tabletas en la mano mientras sus padres hacen lo propio?

MAR MONTILLA

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