El número de depredadores sexuales que son, además, personajes públicos, no deja de crecer. Ahora debemos añadir a la lista un nombre no famoso, sino famosísimo. Y como suele suceder en estos casos los medios han abierto un inmenso abanico de debates y opiniones al respecto.
Hay quienes se lamentan porque se les ha caído un mito. No seré yo, desde luego. No existe un hombre más alejado de mis gustos —tanto en el estilo musical como en el aspecto físico— que Julio Iglesias.
Hay quienes se niegan a creer que escogiera a trabajadoras domésticas jóvenes, guapas y de procedencia humilde para someterlas, para convertirlas en sus esclavas sexuales. Pero los rumores están ahí.
Hay quienes afirman que es un montaje y lo único que buscan es sacarle una buena tajada al artista, cuyo patrimonio se estima en unos seiscientos millones de euros. ¿En serio? ¿Otra vez lo de siempre? ¿Culpabilizarlas a ellas?
Cualquiera tiene derecho a la presunción de inocencia, por supuesto. Sin embargo, las imágenes mostradas en televisión sobre el comportamiento de este individuo con algunas presentadoras dan una buena pista de su violencia, de su machismo. Si hace eso delante de las cámaras, ¿qué no hará en la intimidad de su hogar?
Escuchar a las víctimas y darles crédito es lo primero, lo más importante. Después, que la justicia sea justa y haga el resto.
Trato de imaginar el calvario padecido por estas mujeres hasta reunir el coraje para denunciar a alguien con semejante poder mediático y financiero. Va por vosotras, chicas. Ojalá vuestra valentía ayude a otras a romper el silencio.
Mar Montilla















