La madre que te parió

Eso dice la mía con retintín, para expresarme su desacuerdo en algo. Lo mismo hago yo con mi hija. Como si parir te convirtiese en culpable de todo. madre

Mi madre ayudaba a la comadrona de su pueblo cuando era una niña. Con la misma habilidad que lavaba a los recién nacidos sanos, amortajaba a los que abandonaban este mundo en cuanto ponían un pie en él. En aquella época las mujeres no se planteaban si querían o no tener descendencia. Los hijos llegaban, era ley de vida. Me pregunto cómo lograban soportar, algunas, doce o catorce partos. Con lo que duele.

Una amiga me contó que a ella, por no practicarle una cesárea, le fueron cortando un poquito más, un poquito más… Hasta que la incisión llegó de la vagina al ano. Todavía sufre las secuelas de esa carnicería, dieciséis años después.

Yo solo he parido una vez y recuerdo la sensación de angustia que te invade. Aunque te acompañe tu familia y el personal sanitario, nadie puede hacerlo por ti. Supones que sabes lo que te espera, pero no, porque cada vivencia es diferente. Deseas huir, librarte del dolor. A las molestias del parto le siguen las de las heridas de la episiotomía, las de las grietas de los pezones. Las ganas de escapar te asaltan cuando un nutrido grupo de estudiantes de Medicina observa tu entrepierna maltrecha, mientras tú te fundes de la vergüenza; y persisten cuando llegas a casa con tu bebé en brazos. No entiendes nada. Crees que sí, pero no. Miras a la criatura, la tuya, y te emocionas. Aun así, no asimilas que esa carne de tu carne es una personita que va a depender de ti durante muchos, muchos años.

MAR MONTILLA

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