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Entrevista

¡Vivir cien años es para contarlo!

Maria Rosa Alvir Martínez. 4 de agosto de 1917. De Baldovar, aldea del municipio de Alpuente de Valencia. Dos hijos. Cuatro nietos y cinco bisnietos.
¡Vivir cien años es para contarlo!

Publiquem aquesta entrevista en castellà per complir amb el desig de la Maria Rosa Alvir

Es conocido que los españoles somos de los más longevos de Europa. Según las estadísticas, la esperanza de vida en España es de 82 años, pero María Rosa Alvir ya los ha superado. Dentro de poco cumplirá cien años. En su familia fueron tres hermanas; la mayor vivió en Argentina, la segunda en Francia y a ella, por ser la pequeña, sus padres no le dejaron viajar a ninguna parte. Salió de su aldea habiendo superado la edad adulta. De oficio, campesina. Ha trabajado en huertos de trigo, almendro, cebadas y todo tipo de cultivos. Labraba, sembraba y cosechaba la tierra junto a su compañero de vida, su marido.

Maria Rosa Alvir aprovecha la compañía de su hijo, vecino de la Marina, y el buen clima barcelonés durante el invierno. Su padre tenía 48 años y su madre 38 cuando nació. “He viajado a Barcelona en barco, en tren, en coche particular y hasta en avión. ¿Qué más puedo esperar de la vida?” afirma, sintiéndose una afortunada. 

100 años, aun en estos tiempos, no los cumple cualquiera.

Demasiados, ¡es para contarlo! A pesar de criarme en un pueblo pobre y lejano.  Antes  la gente no estaba tan espabilada como hoy. Yo no tuve juventud.

A qué edad conoció a su marido?

Al morir mi padre no teníamos quien llevara las tierras, que trabajábamos a medias.  Iba a cumplir los 18 años cuando me casé. Mi marido tenía siete hermanos y había poca comida. Él era de las mejores personas que había en el pueblo, pero murió hace 26 años.

Trabajaban las tierras a medias.

Si era buen año cogías un par de parcelas, pero si no, no había qué hacer. Hubo siete años después de la guerra que las parcelas se estropeaban todos los años.

¿Qmás recuerda de la guerra?

Que mi hijo nació el 17 julio de 1936, un día antes de que estallara.  Tenía 19 años y nueve meses de embarazo cuando reclutaron a mi marido para ir a la guerra, me quedé sola. Recuerdo que un día antes de tenerlo aún estaba segando el campo de mies. Imagina si a mi marido lo matan, ¿qué hago yo?

¿Cuánto tiempo estuvo su marido en la guerra?

Estuvo una temporada en Valencia y venía cuando podía. Pero luego lo trasladaron a Madrid y estuvo 25 meses sin venir a casa. Cuando volvió, el niño tenía tres años. Seguimos trabajando duro, siempre por jornadas. Yo comenzaba a las seis de la mañana y plantaba pinos en un cerro que estaba a muchos kilómetros. Mi marido hacia los hoyos. En el año ‘40 tuve a mi hija y nos íbamos todos a plantar pinos. Éramos pobres y honrados. Sé lo que es no tener pan en la mesa y lo que significa pasar necesidades.

¿Cómo se repartía la cosecha?

La partíamos con el amo. Del trigo siempre nos daba la mitad. Nos dejaba también la paja para echarla a la finca. Se portaban bien, pero trabajábamos mucho.

Igual que vosotros hacían vuestros vecinos, me imagino.

Entonces éramos unos 100 vecinos, había muchas caballerías. Ahora solo quedamos 15  en Baldovar.  La gente ha emigrado. Teníamos cerdos y ovejitas, que los llevábamos a días con otros amos. Una época mi marido ganaba 25 pesetas al destajo. Las mujeres ganábamos mucho menos que los hombres, pero nos apuntábamos todas a segar. Recuerdo que cuando tuve a mi hija tenía pocas mamas y mi madre me daba un trozo de tela al que ponía un poco de azúcar para darle a la niña. Ahora todo ha cambiado.

¿Cómo se ve la vida con 100 años?

Se ve de todo, lo  bueno y lo malo. Ahora se sabe todo muy pronto.

¿Cuál era la diversión en su tiempo?

La gente se divertía mucho. Los sábados y domingos hacían bailes en un horno público.

¿Un horno público?

Un horno para hacer el pan. Aún existe pero está cerrado porque no queda gente. Se subastaba quién hacía el pan.  Metías leña, calentabas el horno y te pagaban en pan. Si llevaban 24 panes, te daban uno. Si llevaban 15 te daban menos, y así… Pagábamos la subasta tres días a la semana y con eso íbamos luchando.

De acuerdo, quien calentaba el horno se llevaba pan, pero ¿y la diversión?  

Sábados y domingos la juventud hacía fiestas allí. Se bailaba la jota y el agarrao. Y así pasábamos el tiempo.

¿Qué música sonaba entonces?

Todo eran instrumentos de cuerda. No había las diversiones de ahora.

¿Y cuál era la dieta de entonces?

Por la mañana hacías una sartén de gazpacho o gachas (harina y agua), de esas duras con harina revuelta o blanda. Y de postre te comías una sardina. Si llegabas. Según la época, mi marido iba a segar y yo me quedaba con los niños y los animales. Para el almuerzo cocinaba en el monte con fuego de leña, hacía un puchero con patatas y morcilla, lo comíamos allí mismo. Llegaba a casa, arreglaba a los animales y hacía poca cosa para cenar. Mi marido siempre fue comprensivo. Si había una taja de sardina, yo quería que fuera para él y él no quiso nunca. Siempre fue compartida.

¿Pudo usted ir a la escuela?

A estudiar no iba nadie. Cumplías ocho años y te echaban a cuidar el ganado.

¿Cómo ve ahora la situación?

Ha sido una evolución muy grande. La gente ha podido trabajar y estudiar pero ahora ha venido esta crisis. El que no tiene trabajo está muy mal, pero el que lo consigue puede salir adelante. Yo me siento muy cuidada por mi familia, tengo el dinero que necesito  y he viajado mucho con los jubilados, (sonríe).

¿Qué es lo más le ha asombrado en la vida?

Es que ya lo tienes todo visto. Lo bueno ya lo has visto y si viene algo nuevo ha de ser malo, porque tengo muchos años. Pese a eso no tengo hipertensión, ni colesterol, ni azúcar. En el pueblo había gente muy rica y muy pobre. Pero vivíamos con tranquilidad.

¿Qué hacían las mujeres cuando no trabajaban?

Por la tarde te juntabas en la puerta de casa de alguna vecina. Una hacía ganchillo, otra jersey, y la otra remendaba y así, pasábamos la tarde a la fresca. Los hombres, al llegar, se llevaban esparto y jareta para hacer alpargatas. La vida era bonita a pesar de todo.

 


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